Cuando incluso el peor Madrid te elimina y el Palace te arrebata un título… es hora de aceptar que algo se rompió.
Durante años, el Manchester City jugó en otra dimensión. Su fútbol no era táctico: era quirúrgico. Cada pase, cada rotación, cada cambio de ritmo tenía la precisión de un reloj suizo. Guardiola no dirigía un equipo; dirigía una obra de ingeniería emocional. Pero esta temporada, 2024–2025, el aire huele diferente. No hay miedo. No hay control. No hay dominación. Hay dudas.
El equipo aún juega bien, pero ya no asusta
El City sigue con más posesión que nadie, con más remates, con más construcción desde atrás. Pero le cuesta. Mucho. Sin Julián Álvarez, sin la chispa de Mahrez, sin ideas nuevas en el último tercio, el equipo se repite. Haaland vive desconectado, esperando centros que no llegan. Rodrigo, con menos físico, sigue regalando calidad, pero ya no cambia partidos con una jugada. El City ya no remata: intenta convencer.
Y el fútbol no perdona las dudas.
El golpe de realidad llegó desde Madrid… y no fue glorioso
Ni era el mejor Real Madrid, ni fue una serie inolvidable. Pero el City cayó. Fue eliminado por un equipo partido, lleno de lesiones, con una defensa sostenida en fe más que en forma.
Pero eso fue suficiente. Porque el City jugó sin hambre.
No supo imponer condiciones en la ida. En la vuelta fue solo un espectador del show de los delanteros merengues. Quedó eliminado con una sensación muy diferente a su eliminación una temporada anterior en la que resistió hasta los penales.
El Real Madrid, a medio gas, sin grandeza en el juego pero con memoria competitiva, eliminó al gigante europeo que antes parecía invencible.
Crystal Palace: el golpe que nadie vio venir
La eliminación de Champions podría haberse digerido con un título doméstico. Pero no. En la final de la FA Cup, el Crystal Palace, ese equipo rebelde, vertical, eléctrico… le robó el trofeo.
No fue un accidente. Fue una lección.
El Palace corrió más. Compitió más. Creyó más.
Y el City, otra vez, no supo reaccionar.
El City de Guardiola no se desmoronó… pero sí se volvió humano
Esto no es una crisis. No es un fin catastrófico.
Es peor: es el inicio de la normalidad.
El City dejó de ser ese equipo que aplasta. Hoy necesita jugar bien y tener suerte. Necesita concentración, motivación, claridad… y ya no le sobran ninguna de esas cosas.
Guardiola lo ganó todo, y lo hizo como nadie. Pero incluso el sistema más perfecto tiene un punto de fatiga. Y esta temporada, el Manchester City cruzó ese punto.
No es fracaso. Es el eco del dominio que fue.
Y como siempre en el deporte, el problema no es perder. Es dejar de imponer respeto.




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