Qué ironía. Un club que durante décadas se construyó sobre la épica, sobre remontadas imposibles, sobre el carácter indomable de Sir Alex Ferguson, hoy se resume en una palabra: frustración. No la frustración del que pierde peleando. No. La del que ni siquiera sabe cómo empezar a luchar.

La noche del 21 de mayo en San Mamés no fue solo una derrota. Fue la escena final de una temporada escrita como tragicomedia. Una obra en la que el Manchester United fue protagonista de todos los géneros menos del fútbol. El equipo más ganador del fútbol inglés volvió a perder. Esta vez en una final de Europa League. Contra el Tottenham. Un Tottenham que tenía menos balón, menos nombres, pero más claridad. Un Tottenham que no necesitó brillar para ganar. Solo necesitó ver al United hacer lo que lleva años haciendo: confundirse solo.

Cuando la historia te queda grande

Hace tiempo que el escudo pesa más de lo que inspira. Y no me refiero al diseño, que ya ni sabemos si representa algo. Hablo del símbolo. De lo que significa jugar en el Manchester United. ¿Dónde está eso? ¿Quién lo representa?

El United de Rúben Amorim —que llegó en noviembre tras la inevitable destitución de Ten Hag— prometía renovación. Ideas modernas, presión alta, salidas trabajadas, extremos incisivos. Todo sonaba bien. Como siempre. Porque el Manchester United, si algo ha perfeccionado en esta década, es la capacidad de prometer. Pero cuando llega el momento de cumplir, se convierte en otra cosa: un equipo desordenado, débil mentalmente y tácticamente disperso.

No importa el entrenador. No importa el esquema. Ni el fichaje de turno. El Manchester United ha dejado de ser una institución con plan. Hoy es un rompecabezas hecho con piezas de distintos juegos.

Una final que dijo todo sin gritarlo

En San Mamés, el United tuvo el 65% de la posesión. ¿Y qué hizo con ella? Nada. O peor: la usó para desesperar a sus propios aficionados. Remates imprecisos, ataques previsibles, mediocampistas que dan vueltas sobre sí mismos esperando un milagro. El Tottenham, por su parte, fue simple, estructurado, y clínico. Gol al minuto 42, línea de cuatro firme, presión selectiva, y a jugar con la ansiedad rival. El guion perfecto para enfrentar a un Manchester United que ya no sabe qué hacer cuando se le acaban las excusas.

¿Quién fue el más peligroso? Brennan Johnson. ¿El más resolutivo? Vicario, el arquero del Tottenham. ¿El United? Adivina: intrascendente. Una palabra que se ha vuelto habitual.

El club de los 1,200 millones que juega como si costara 12

A esta altura, decir que el United ha gastado mucho dinero suena repetitivo. Pero no deja de ser grotesco. Más de 1,200 millones de euros en fichajes desde la salida de Ferguson. Y lo que han construido es un equipo sin idea, sin alma, y sin carácter. Puedes cambiar los nombres, pero el guion es el mismo.

Este año llegaron más promesas: Rasmus Højlund, Mason Mount, Leny Yoro. El resultado: una plantilla llena de fichas que no encajan. Otra vez.

Lo peor es que incluso los que llegan con hambre terminan contagiados de esta inercia tóxica. Amorim, un técnico joven y respetado en Portugal, no logró sostener ni la intensidad ni la propuesta. ¿Y quién podría culparlo del todo? Es muy difícil construir algo donde todo está erosionado.

La Premier como espejo roto

La Europa League fue la última bala de una temporada para el olvido. En la Premier, el United terminó en 16ª posición. Sí, leíste bien. A dos puestos del descenso. Perdió contra equipos recién ascendidos. Encajó más goles que cualquier otro club del Top 10. Y cada jornada fue una montaña rusa sin cinturón de seguridad. La temporada fue tan mala, que por momentos la Conference League parecía una utopía.

Y aún así, llegaron a una final europea. Porque este equipo es eso: capaz de lo inesperado, pero no de lo consistente.

Un club que se convirtió en trending topic… del fracaso

Lo más doloroso no es que el Manchester United pierda. Es que lo haga con tal naturalidad. Como si ya nadie esperara otra cosa. Como si el ciclo de la frustración estuviera aceptado. Antes, perder una final era un escándalo. Hoy es solo el último episodio de una serie que nadie quiere seguir viendo, pero todos terminamos viendo igual.

Las redes ya no se llenan de rabia. Se llenan de memes. De resignación. De un cariño triste. Porque los aficionados siguen ahí. Los que vieron levantar la Champions del 99. Los que gritaron con Rooney, con Van Persie, con Cristiano Ronaldo. Hoy ven a su club arrastrarse sin norte, sin líderes, sin proyecto.

Y el club… sigue vendiendo camisetas.

¿Cómo se repara algo tan roto?

Tal vez la verdadera pregunta es: ¿el Manchester United quiere cambiar? Porque reconstruirse de verdad implica decisiones incómodas. Implica dejar de fichar por impulso. De pensar en marketing antes que en táctica. De creer que un nombre grande hace grande al equipo.

Hay talento en la plantilla. Sí. Pero falta carácter. Y sobre todo, falta una idea. Una columna vertebral. Una estructura directiva que entienda que el fútbol moderno no se gana solo con tradición.

Rúben Amorim necesita tiempo. Pero también necesita respaldo, dirección y jugadores que crean. Porque si el club lo deja solo, será otro nombre más en la lista de entrenadores que pasaron sin dejar huella. Y el United no necesita más fantasmas.

Conclusión: el Manchester United de 2025 no está perdido. Está rendido

Y eso es lo más preocupante. Porque el United no es un equipo pequeño. Es un coloso. Una institución que debería estar peleando por todo. No por entrar a Conference. No por sobrevivir en Premier. No por evitar otro bochorno europeo.

La final de la Europa League no fue el punto de inflexión. Fue el recordatorio de que el cambio real no ha llegado. Que mientras otros clubes evolucionan, el Manchester United sigue atado a su pasado, huyendo de su presente, y temiendo su futuro.

¿Puede despertar? Claro. Pero para eso, primero, tiene que aceptar que lleva años dormido.

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