Luka Modric se despide del templo. El genio del mediocampo, el croata eterno, el que entendió el juego como pocos en la historia del Real Madrid, jugará su último partido en casa antes de marcharse, tras el Mundial de Clubes, dejando una estela de arte, liderazgo y gloria que no se podrá borrar jamás.

Hay jugadores que cumplen. Otros que destacan. Y unos pocos, muy pocos, que cambian el destino de un club. Luka Modric es uno de esos.

Del escepticismo al mito

Cuando llegó en 2012, desde el Tottenham, muchos lo dudaron. Incluso fue votado como uno de los “peores fichajes del año” en una portada absurda que hoy arde de vergüenza. Lo miraban con lupa. Delgado, bajito, callado. Pero bastaron unos meses para darse cuenta: este chico no era de este planeta.

Porque Modric no corría, flotaba. No daba pases, dibujaba trayectorias invisibles. No hablaba mucho, pero cada toque suyo gritaba fútbol del bueno.

El eje de una era: Casemiro, Kroos, Modric

A su lado, Toni Kroos, la brújula alemana. Detrás, Casemiro, el muro con alma. Juntos formaron el mejor mediocampo del siglo XXI. No hay debate. Tres hombres que entendieron que el fútbol se gana en el medio, pero también se ama desde ahí.

Luka fue el nexo. El equilibrio perfecto entre la pausa y la aceleración, entre la estética y la efectividad. Mientras Casemiro barría y Kroos organizaba, Modric creaba. Desde lo profundo. Desde el alma. Con el exterior de su pie derecho como varita mágica.

Juntos levantaron cinco Champions League. Y cada una tiene una pizca de Modric en su ADN.

La asistencia que lo cambió todo

Lisboa, 2014. Minuto 93. Córner desde la derecha. Modric toma el balón con calma mientras el mundo se derrumba en nervios. El Madrid pierde 1-0. El Atlético acaricia la gloria.

Pero Luka tiene otros planes. Su golpeo no es solo perfecto: es eterno. La curva precisa, al lugar exacto. Sergio Ramos vuela. Gol. Historia. El resto ya lo conocemos. Décima, undécima, duodécima… y así hasta la décimoquinta. Pero todo empezó con ese centro. Con ese pase. Con ese momento que cambió la historia reciente del Real Madrid.

Un Balón de Oro sin polémicas

En 2018, el mundo entero tuvo que rendirse ante lo evidente: Luka Modric fue el mejor jugador del planeta. Llevó a Croacia a una final de Copa del Mundo con una mezcla de corazón y clase pocas veces vista. Y con el Madrid, había sido el eje del tricampeonato europeo.

Cuando recibió el Balón de Oro, lo hizo con una humildad que emocionaba. Porque Luka no necesitaba gritar para ser escuchado. Su fútbol hablaba por él.

Ese trofeo, tan discutido otras veces, fue esta vez una ovación universal. Porque no se lo dieron por marketing. Se lo ganó con fútbol. Con verdad.

Momentos inolvidables, eternos

¿Dónde empezamos? ¿En Lisboa? ¿En Cardiff? ¿En Kiev? ¿En París? ¿En aquel golazo al Granada desde fuera del área? ¿En la asistencia con el exterior a Rodrygo? ¿En la mirada cómplice con Benzema? ¿En su manera de salir ovacionado por estadios rivales?

Modric fue más que un jugador. Fue un símbolo. De esfuerzo, de talento, de amor a una camiseta.

Nunca pidió protagonismo. Pero terminó siendo el alma del equipo.

El Bernabéu lo despide. El madridismo lo guarda para siempre.

Este sábado, cuando Luka salga del túnel, la ovación será tan estruendosa como íntima. Porque no se va solo un futbolista. Se va una parte del alma de este Madrid.

Pero no se va del todo. Porque su historia ya está escrita con tinta blanca sobre mármol. Porque cada vez que hablemos de grandeza, lo vamos a nombrar. Porque cada niño que juegue con la 10 en la espalda sabrá que hubo un croata que dignificó ese número.

Modric no se despide. Se multiplica. Se convierte en leyenda.

Gracias, Luka

Gracias por el arte.
Gracias por correr hasta el final, incluso con 38 años.
Gracias por ese pase con el exterior.
Gracias por tu silencio lleno de sabiduría.
Gracias por cada Champions, cada Clásico, cada mirada de capitán.
Gracias por nunca rendirte, por siempre creer, por siempre quedarte.

Gracias por ser madridista.

Y aunque el sábado sea tu última vez en el Bernabéu como jugador, ese estadio siempre sera tu casa.

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